Mi posición ante el viejo y el nuevo feminismo

En mi vida he sido agredido físicamente cuatro veces por mujeres con las que conviví de alguna manera. Tres de ellas, por la misma, una persona con problemas psiquiátricos. La otra, por una persona muy ambiciosa. De la primera era yo enfermero, como quien dice. De la segunda, un obstáculo. Desde luego, jamás se me pasó por la cabeza presentar denuncia o quejarme, y de hecho solo dos o tres personas saben los nombres de esas mujeres. Claro está que si hubiera sido al revés tendría yo antecedentes penales  y repudiado socialmente. No arranca de ahí, ni siquiera, mi declaración de no ser feminista en tanto en cuanto el feminismo al que apoyé con tanta energía -fui uno de los creadores en la sombra de AGM, la Asociación Galega da Muller, que se me pagó con un empujón en la puerta de entrada de la asamblea constituyente al grito de “No queremos hombres aquí”- ya no existe, es una cosa distinta.

Las manifestaciones públicas de no ser feminista me causaron problemas a partir del 2018, con insultos, declaraciones públicas contra mí y un cierto rechazo social. La presión en la sociedad se hacía cada vez más insoportable, de manera que nadie se atrevía en público a decir que no era feminista, en un proceso que recordaba la presión social previa a las dictaduras, como sucedió, por ejemplo, en la Alemania nazi. Tanto que se llegó a conocer a las nuevas feministas como feminazis, término que nunca empleé en público porque sin duda me parece exagerado, aunque pueda haber radicales extremas que sí adopten posiciones excluyentes y represivas similares.

En mi formación feminista -repito, entendiendo el término como en décadas anteriores, no con el sentido que tiene ahora- influyó mucho mi madre, feminista de primera ola, defensora de los anticonceptivos cuando la palabra no podía denunciarse, y que cuanto mayor se hacía (vivió hasta los 92) más partidaria era ella de los derechos de la mujer a ser autónoma y no un objeto tutelado por su marido.

La contradicción es que después de una vida defendiendo la igualdad jurídica -que es como siempre entendí el feminismo, y su casa que la organice cada uno como quiera siempre y cuando se respeten las leyes-, al final me vea tan acosado como par retirarme de las redes sociales en septiembre del 2018 no ya por mí -era una pérdida de tiempo- sino porque conmigo viven tres menores de edad y una mujer que no tienen nada que ver con mis posiciones.

La condena únicamente de la violencia ejercida por hombres (el 80% largo del total) y no por mujeres (yo rechazo todo tipo de violencia excepto la defensiva) y el eslogan del 8 de marzo del 2019 “Esto no va de igualdad, va de feminismo” me situaron fuera por completo de las reivindicaciones feministas, unido a la enorme presión censora ejercida sobre los medios de comunicación por parte de grupos que se reclaman tales y que generó una oleada todavía en ascenso de autocensura.

 

¡Me harté de percebes en mi infancia!

Comí percebes. Muchos percebes. Muchísimos. Y gratis. Hasta que cumplí 11 años íbamos en julio y agosto -a veces menos tiempo- a Chanteiro, y a mi padre, que en absoluto le gustaba la pesca, le encantaba ir a Coitelada a apañar percebes.

Armado de su rapa, Cris era un fenómeno y gozaba del respeto local por atreverse a bajar aquellos acantilados, sin cuerda porque tal cosa no se estilaba entonces. Solo había que estar muy pendiente de la séptima ola, cosa que a mi madre le preocupaba y recuerdo como varias veces le decía “Cris, ten cuidado”. En realidad, nunca tuvo ningún percance, o si lo tuvo se lo calló.

El caso es que nos hartábamos de percebes. Un producto que desde luego no gozaba de la estimación de hoy, abundando quienes no los podían ni ver en la mesa. Hay, además, referencias de ese rechazo. Signo de los tiempos.

En cualquier caso, fui y soy un desastre comiendo. Me gustan pocas cosas e intento no probar nada nuevo. Comer es una necesidad, y un par de veces al año, un placer, bien por la compañía, bien por estar solo. Eso sí, cocinar es maravilloso, ensayar en la cocina, los fueros, los tiempos, los sabores (más que las texturas)…

Mi abuelo “El Rioja”, purgado por el franquismo

Tengo escasísimas fotos de mis abuelos. Ahí están, en la parte de atrás de su cada en la Calle Nueva de Caranza, que recuerdo. Él era Dámaso Ramírez Velandia, de San Vicente de la Sonsierra. Ella, Laura Gómez Carnero, de Ferrol. Tuvieron ocho hijos, y uno de ellos, con casi toda seguridad el mayor, Julio, es el que aparece en la foto con sus dos hijos, Julio y Lourdes. Mi abuelo nació en 1886, el 11 de diciembre. En los astilleros ferrolanos, donde trabajó, donde fue expulsado (eliminado, textualmente) por el franquismo y readmitido años más tarde, era conocido como El Rioja.

José Manuel, de Lobadiz (Ferrol)

No me acuerdo de su apellido. Creo que nunca lo supe Para mí era José Manuel. Nunca supe nada de él, o muy poca cosa, excepto que era de familia humilde y que tenía 19 años. Era amigo de Nali, Natalio Arnoso Gómez, mi profesor de pintura desde que yo tenía 14 años. Ambos iban a la pesca submarina a la ensenada de Lobadiz, cerca de Ferrol, mientras yo me peleaba con la paleta y pintaba óleo. En septiembre de 1968 me fui a estudiar a Huesca. Un par de meses después recibí una carta de Nali en la que me preguntaba retóricamente si recordaba a José Manuel. “Pobrecito”, decía antes de comunicarme que una ola lo había arrebatado para siempre mientras andaba al percebe en las cercanías de Lobadiz.

Me quedé muy impactado porque era la primera vez que me enfrentaba conscientemente a la muerte y, de hecho, comentándolo con un adulto del internado donde estaba, de repente me eché a llorar.

Recuerdos del Sahara: Madhjoub Sidina

Mi interés por el Sahara data de finales de los años 80 del siglo pasado. La antigua colonia española había sido abandonada a su suerte, y aunque a mí eso me importaba bien poco, la posibilidad de ir a otra guerra me atrajo. Y así fue. Aquel primer viaje de 1987 al frente de batalla me descubrió un nuevo mundo, un desierto maravilloso y una gente muy digna con la cual, al cabo de los años, tuve mis más y mis menos. Tanto que estuve purgado, cortaron los contactos conmigo y sólo se recuperaron cuando apareció en escena un hombre inteligente y culto, Madhjoub Sidina, al que tuve el gusto de tratar. Un hombre con la cabeza bien amueblada al cual invité, con el visto bueno del director, a dar una conferencia en el máster de La Voz de Galicia, en el cual yo desempeñaba la jefatura de estudios. Y ese es el momento que recoge la foto.

Madhjoub Sidina hizo un gran trabajo político y diplomático mientras fue el delegado del Frente Polisario en Galicia. No siempre coincidíamos, pero teníamos un mutuo respeto por las opiniones del otro. Respeté -no podía ser de otra forma- el off the record siempre y eso nos permitió tener jugosas conversaciones, una de ellas en mi entonces casa con su mujer y una de sus hijas, una niña guapísima.

Luego él se fue a otros destinos, lo localicé algunas veces por mail cuando andaba por África adelante. No sé a lo que se dedica -los polisarios son expertos en sonreír y no decirte las cosas que no quieren decir- pero espero que la vida le vaya bien.

Por cierto, desde que él se fue el contacto con su gente quedó cortado de nuevo. Y todo por denunciar que el traductor del entonces presidente saharaui parecía que trabajaba para el enemigo, Marruecos. Nota final: aquel traductor acabó desertando y uniéndose, en efecto, a su enemigo.

 

 

Los 99 años de mi padre

Una de mis intereses, sobre todo ahora que entro en una edad que por ahí califican de “madura” y que no es otra cosa de un eufemismo de antesala de la vejez, es recuperar la historia familiar. Porque, como escribió un inglés, nadie muere del todo hasta que las ondas provocadas en su vida llegan a la orilla del estanque. Es decir, hasta que cae en el olvido. Y eso es algo contra lo que llevo luchando muchos años, pero más ahora, claro está.

Hoy mi padre hubiera cumplido 99 años.

 

Recuerdos de Ferrol (1969-2013): Una deuda con el historiador Vázquez Rey

Fui el pasado día 11 de mayo a Neda a dar una conferencia sobre el Camino Inglés. Y no pude menos que recordar a Vázquez Rey, un personaje singular donde los haya, un historiador local al que hoy se le haría la ola. Pero cuando fue allí en 1969 o 1970, con dos o tres colegas, miembros como yo de la Sociedad Histórica Artística y Arqueológica Dugium, estaba olvidado de todos. Se llevó una enorme alegría al vernos y dijo, casi textualmente, “sabría que un día Dugium vendría a hablar conmigo”. La charla fue muy interesante, desde luego, pero su conocimiento nos sobrepasaba. Esperaba mucho más de nosotros que lo que nosotros, unos chavales con gran ilusión pero sin medios algunos.

La estancia donde nos recibió, que creo recordar que era su cuarto de trabajo, era oscura y nos queramos admirados de las docenas y docenas de carpetas que tenía en estantes a cierta altura y en realidad en todas partes. Estábamos ante un sabio, una persona que no solo atesoraba saber sino que lo había plasmado en miles de folios que allí estaban, esperando el momento de ser publicados.

Vázquez Rey murió. Una parte de su obra fue publicándose, y ahí el Ayuntamiento de Neda, en el Camino Inglés, se portó bien, hasta donde yo sé. Pero desde luego faltan docenas de trabajos por salir a la luz. Es lícito preguntarse dónde están.

No volví a ver al historiador nunca más. Supongo que tendríamos hasta complejo de inferioridad y nos dedicamos a la actividad, a ver castros, a medirlos, a excavar el de Lobabiz. Vázquez Rey estaba -era- en otra dimensión.

Pero siempre me sentí en deuda con él y creí que le debía una explicación. Es lo que intentan ser estas lineas.

 

Recuerdos del Sahara: Mi primer viaje, con un solo pantalón y sin casi ropa de abrigo

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Mi primer viaje al Sahara, en 1988, fue sin duda una recompensa a la gran cantidad de horas y de esfuerzo que yo había hecho en la redacción, trabajando jornadas interminables. Tenía una imagen idílica del Sahara, peliculera, de mucho calor. Así que me fui prácticamente sin abrigar (y el termómetro baja a 0º por la noche) y con un solo pantalón, que llegó negro de grasa de un blindado que iba por el desierto sin tapa en cabina de la caja de cambios, con el motor a la vista, y aquello soltaba de todo. Fuimos varios colegas de periódicos gallegos, y allí dimos con unas parlamentarias suecas. Fueron días interesantes -guerra incluida- porque llegamos a un sitio donde el dinero no valía para nada y sí el trueque, donde todo se repartía de manera equitativa, de guerrilleros llenos de ilusiones y de dos millares de prisioneros de guerra marroquíes que eran tratados con una gran amabilidad en unas cárceles sin puertas en medio de la nada. Volví ocho o nueve veces más, pero ningún viaje fue tan interesante como aquel primero. Yo soy el de la derecha de todo.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): Y al fondo, el monasterio de Caaveiro

No recuerdo esta foto. De hecho, me la dio mi madre hace muy pocos años. Aquel punto más claro al fondo a la derecha, arriba, es el monasterio de Caaveiro, en A Capela (A Coruña). Yo soy el de la izquierda, y mi padre el de la derecha, claro está. Al fondo Jacques Ives Betoleaud (aunque del nombre propio no estoy seguro), y el otro niño es su hermano, Remy. Los padres de ambos ean Jacques y Denisse Betoleaud, una gente que estuvo dos veces en Galicia y que tenían una excelente relación con mis padres. Jacques murió muy joven y recuerdo cuando la noticia llegó a mi casa y la sorpresa y consternación de mis padres. Denisee vivió menos años de los que yo tengo ahora, y falleció sobre 1982. Había ido a verla a Biarritz, a París y a Cantabria. En este último viaje estaba enferma de cáncer pero no se le notaba ni en el cuerpo ni en el alma ni en el carácter permanentemente alegre.

La mujer de la foto es Magdalena Tessier, que ya salió alguna en este blog, hermana de Denisse, murió hace media docena de años, soltera, afable, católica como siempre.

Y jamás he olvidado a mis amigos franceses. De los de mi edad perdí todo rastro. Pero sigo echando de menos a Jacques, a Denisse y a Magda.

 

Recuerdos de Ferrol (1969-2013): Con la central nuclear sueca de Barsebaeck como telón de fondo

Ese soy yo, claro está. La foto está hecha en 1979 en el sur de Suecia. Lo que está a mis espaldas es ni más ni menos que la famosa central nuclear de Barsebaeck. Por supuesto, no puede entrar en ella, pero sí en un edificio muy cercano en donde se exponían los argumentos para su cierre. Entre esos argumentos estaban las vitrinas con peces totalmente deformados por la radiactividad, pescados allí mismo, en esas aguas. La presión para el desmantelamiento de esa auténtica bomba venís sobre todo de Dinamarca, que estaba allí enfrente, puesto que Barsebaeck fue levantada en plena costa, con el país vecino claramente a la vista. O para ser más exactos, frente a Copenhague, de la que distaba 20 kilómetros: más de un millón de habitantes estaban expuestos a la radiación. Una barbaridad. Nunc ame gustó la energía nuclear, y aquello me confirmó que nunca la apoyaría. Por supuesto las condiciones de seguridad han cambiado. O quizás no. que se lo pregunten a Corea del Norte.

Los dos reactores fueron cerrados en 1999 y 2005. Se espera que en el 2020 sea demolido el edificio. No seré yo quien lo llore.