Recuerdos de Gran Bretaña (1974-hasta hoy): Mi único viaje a Escocia, en 1986

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En abril de 1986 fui a Escocia por primera y hasta ahora única vez en mi vida, aunque me gustó mucho. Me había invitado Amalia Cuadruppani, una curiosa e irrepetible mujer que se encargaba de las relaciones con la prensa desde la British Tourism Authority. Yo me llevé bien con ella, y de hecho me invitó alguna vez más, pero no todo el mundo podría decir lo mismo.

El caso es que el 14 de abril arrancamos para allá con la destilería Glenfiddich corriendo con todos los gastos y poniendo botellas de whisky a nuestro alcance, lo cual siempre entrañaba un cierto peligro para el balance económico de la destilería. Frío y nieve fueron las características de un viaje muy grato en el que conocí en persona a César Justel, toda una institución en el periodismo de viajes y con el que luego mantuve cercana relación durante muchos años. Cristina de la Iglesia era otra de las componentes, siempre encantadora, entonces directora de una revista femenina. Acacia Domínguez Uceta, ejemplo de amabilidad y muy amplia cultura (de casta le venía al galgo) era otra, así como un caradura redomado que vivió a costa de los demás y no se gastó ni un euro porque había perdido la cartera, truco que empleaba en todos los viajes que podía, según nos enteramos después. En un castillo de lujo de Nairn me dieron a comer una macroalbóndiga riquísima… que dejé en el plato cuando mi vecino de la diestra, el conductor del autobús, tuvo a bien explicarme que estaba hecha con sesos, corazón y pulmón de oveja. En ese mismo castillo se celebraba una convención de la competencia, el whisky JB, y César Justel y yo, realmente no en posesión de todas nuestras mejores facultades, tuvimos la idea de arrancar la bandera que habían izado en lo más alto de la torre. De manera que, en plan fantasma, nos escaqueamos a la torre, subimos sin hacer ruido y nos encontramos con que era imposible salir al exterior porque la escalera estaba cerrada por una puerta. César no tuvo mejor idea que abrir una ventana en una noche gélida, mirar hacia arriba y propuso todo tranquilo: “Vamos, podemos ir por aquí, que está cerca”. Logré convencerle de que el tramo a escalar era cómodo y hasta fácil, entre salientes y enredaderas, pero que el tramo que había en sentido contrario, el que podía llevarnos al suelo, era bastante más, de manera que lo que procedía, en mi humilde opinión, era abandonar tan noble empresa e irse a dormir que iban siendo horas. Así hicimos, y creo que gracias a eso puedo estar hoy escribiendo estas líneas.

En la foto superior, en un museo de Glasglow (ciudad que no me encantó, a diferencia de Edimburgo). En la inferior, en la destilería de Glenfiddich.

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