Recuerdos de Nicaragua (1983): Demasiada cerveza para ir ese día al frente, así que “ve dando unos tiritos”

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Esta es una foto a la que le tengo cariño. La hice en Teotecacinte, mientras un grupo de periodistas esperábamos a que nos llevasen al frente. O sea, dos kilómetros escasos más allá de donde estábamos, la diferencia entre la tranquilidad y el infierno, la vida y -para muchos- la muerte. Hacía calor, pero era soportable excepto por las noches. Y por las noches, encima, nos tapábamos más porque las chinches pululaban que daba gusto, aunque a mí tuvieron a bien no atacarme, aunque el techo daba pánico. Los dos de la fotografía (Daymon Hartley y Dana Yarak, ambos estadounidenses y una gente estupenda) y yo compartimos habitación en una pensión de madera en la que los cerdos escaparían si tuvieran un poco de sentido común. Pero era lo que había.

Pocas horas antes de esa foto nos habíamos ido a tomar algo al bar-sala de fiestas-restaurante-lo que fuera. Los soldados, todos jovencísimos, bailaban lo más agarrado que podían -¡que era mucho!- con las chicas locales. Y en plena tranquilidad empezamos a escuchar las explosiones de morteros a distancia segura, pero claramente. Ninguno de la tribu -así se llama en el argot al grupo de periodistas- quiso dar muestras de inquietud. Nos miramos de reojo para ver la reacción de los otros. Yo no era competencia con nadie, pero mandaban los americanos: Dana y Daymon, que iban juntos; Linda que no se enteraba de nada; un enviado especial del San Francisco Examiner tan mayor al menos como soy yo ahora y que era un profesional como la copa de un pino; un equipo de televisión de Puerto Rico (dos o tres personas); y el inefable Stephen Kinzer, que luego hizo una brillante carrera a pesar de que su prepotencia supongo que le habrá sido un lastre. Estoy seguro de que los americanos pensaron en que si uno salía diciendo que iba a mear, todos irían detrás porque nadie le creería, como es lógico en esta profesión. Y nadie se lo reprocharía a nadie. Pero todos sabían que mientras los soldados no dijeron nada, allí nos quedábamos todos, lo cual me pareció muy bien porque por la noche no íbamos a ver mucho y, además, yo llevaba unas cuantas cervezas Vitoria bebidas y tampoco era cuestión de ir a aquellas horas de la noche con paso inseguro.

Así que, comprobado que nadie se iba a mover pero sin bajar la guardia, todos pedimos otra ronda sin quitar el ojo de los soldados. Uno de ellos, con escasas ganas de ir al frente justo en aquellos momentos donde su ocasional pareja parecía estar muy a gusto, le dijo a otro que también danzaba: “Compá, tú ve dando unos tiritos que yo voy de seguida…”.

Así era la guerra en Nicaragua. Tan humana como “ir dando unos tiritos”. Ronald Reagan la convirtió en un infierno para los civiles de Nicaragua, asesinados sin piedad en cuanto la contra llegaba a las aldeas y ranchitos.

 

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