¡Me harté de percebes en mi infancia!

Comí percebes. Muchos percebes. Muchísimos. Y gratis. Hasta que cumplí 11 años íbamos en julio y agosto -a veces menos tiempo- a Chanteiro, y a mi padre, que en absoluto le gustaba la pesca, le encantaba ir a Coitelada a apañar percebes.

Armado de su rapa, Cris era un fenómeno y gozaba del respeto local por atreverse a bajar aquellos acantilados, sin cuerda porque tal cosa no se estilaba entonces. Solo había que estar muy pendiente de la séptima ola, cosa que a mi madre le preocupaba y recuerdo como varias veces le decía “Cris, ten cuidado”. En realidad, nunca tuvo ningún percance, o si lo tuvo se lo calló.

El caso es que nos hartábamos de percebes. Un producto que desde luego no gozaba de la estimación de hoy, abundando quienes no los podían ni ver en la mesa. Hay, además, referencias de ese rechazo. Signo de los tiempos.

En cualquier caso, fui y soy un desastre comiendo. Me gustan pocas cosas e intento no probar nada nuevo. Comer es una necesidad, y un par de veces al año, un placer, bien por la compañía, bien por estar solo. Eso sí, cocinar es maravilloso, ensayar en la cocina, los fueros, los tiempos, los sabores (más que las texturas)…

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