Recuerdos de Ferrol (1952-1968): Viaje a Santa Tegra, con Portugal al fondo

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La foto data de principios de los años 60 y está tomada en el monte Santa Tegra, con la portugesa Caminha al fondo. El de la izquierda soy yo, acompañado por mi hermana Maca y mi hermano Xan.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): en las cercanías del castillo de San Felipe

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Otra foto con mi madre y mi hermana. Con casi toda seguridad, visto el fondo, está hecha en el muelle o cercanías del castillo de San Felipe, en la ría de Ferrol. Lógicamente, fue tomada en verano. Al fondo, la cantera. Nótese mi corte de pelo, muy habitual en aquellos años (finales de los 50).

Recuerdos de Ferrol (1969-2013): Tui

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Creo que fue durante el pequeño viaje de Semana Santa de 1969, con mis padres, cuando descubrí la catedral de Tui. Me impresionó su entrada y su equilibrio. En la foto inferior, lo que me sorprende es que los dos niños treparan y se colocaran en la hornacina justamente para eso, para salir en la imagen.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): Rumbo a Monçao (Portugal) en 1969

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Una Semana Santa -creo recordar que de 1969- fui con mis padres a Portugal. Tres días, que era la cantidad mágica (supongo que también económicamente hablando). Con el 600 arrancamos hasta Viana do Castelo, Vila do Conde y Monçao. Excelente tiempo y muy buena atmósfera. Fue el único viaje que hice así con ellos. La foto está tomada rumbo a Monçao, ante la entrada -entiendo que secundaria en tiempos modernos- a las posesiones de un pazo que todavía existe.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): La primera acampada, en Ares

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Ares ya no es lo que era: un pequeño pueblecito de pescadores construido sobre la parte posterior de su playa y donde hubo una sinagoga, quizás la primera o casi de Galicia de que se tiene constancia. Ha crecido, y mucho, con edificios impersonales de apartamentos, destrozando la estética de la costa. Y en ese crecer desaforadamente hoy hay uno de esos bloques de viviendas donde dos amigos y yo plantamos una tienda de campaña: era la primera vez que iba de acampada (así se decía), desde luego lo que hoy se llama salvaje puesto que así eran las cosas: sólo había un par de cámpings y muy poca gente veía su utilidad. Llegabas, buscabas un sitio, plantabas la tienda –que en este caso no era mía- y ya está.

Tengo un muy grato recuerdo de aquella acampada en 1968, quizás principios de verano, de tener que cocinar, de hacer fuego, de descubrir el puente romano que aún se conserva, de explorar los alrededores. Tres días (dos noches) y vuelta feliz a casa.

Algunas particularidades de la foto superior: la mochila (tampoco era mía, no daba el sueldo de Bazán para tanto) tenía armazón de hierro, como todas. El diseño actual llegó poco después. Los ladrillos enmarcaban el hogar, el fuego, y servían de apoyo; simplemente los cogimos de donde los encontramos.

En la inferior, yo, posando, cogiendo leña para encender el fuego (el ladrillo inferior denota que estaba justo al lado).

Uno de esos días debimos de subir hasta Montefaro (aunque no lo recuerdo e incluso lo dudo), que es donde está tomada la foto conmigo bebiendo de la fuente. Por cierto, en todas las imágenes estoy posando, como todo el mundo cuando veía una cámara. El carrete era lo suficientemente caro como para no arriesgarse a disparar si antes uno no se había colocado como Dios manda.

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Recuerdos de Huesca (1968-1969): Nuestra Señora de Loreto y un yacimiento arqueológico

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Mis mejores paseos no los di por Huesca adelante, sino por el campo de esa provincia. Como las posibilidades de desplazamiento no eran muchas, andaba por las cercanías de la Universidad Laboral (en la foto inferior, al fondo, con la pirámide. En la superior, la enorme ermita de Nuestra Señora de Loreto, nombre que sólo había escuchado una vez, Loreto García Marón, de Ferrol). En uno de esos paseos llegué, con alguien, menos media docena de kilómetros al oeste, a un pueblo comunicado por una carretera estrecha y, por supuesto, sin asfaltar: cuarte. Unos metros antes de alcanzar las viviendas, en el extenso campo de la izquierda, quedé atónito: casi en superficie, restos humanos y lo que parecía, por los pertrechos, un campo de batalla. Siempre tuve ganas de volver. Hoy veo en Google Earth todos esos paisajes y cualquier parecido con los que conocí es pura coincidencia: autopista, rotondas…

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Recuerdos de Huesca (1968-1969): Un árbol, un amigo

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Muy cerca de la Universidad Laboral, medio kilómetro bien escaso hacia el lago, había un árbol que fue en aquel tiempo uno de mis mejores consejeros. Con frío o con calor me subía a él, solo, y allí reflexionaba sobre cosas profundas que creía entender y no entendía (el sentido de la vida, el amor, la amistad…). Sólo en una ocasión fui acompañado, porque si no sería imposible tener una foto. Esta es la única imagen. La hizo Máximo Pérez Viana, entonces muy buen amigo. En 1985 volví por única vez a la Universidad Laboral. Todo había cambiado, claro, pero mi árbol seguía allí. No subí. Le eché un vistazo a cierta distancia, le di las gracias por aquellos momentos y me di media vuelta.

Hoy veo en Google Earth y en Street View que mi árbol sigue en pie. Y por muchos años.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): En la Lambretta

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Recuerdo la Guzzi que tenía mi padre, y recuerdo cómo para subir desde O Segaño tenía que ir yo, entre él y el manillar, aguantando una palanca para que no se calase. Luego vino la Lambretta, mucho más cómoda y elegante. curioso. En aquella época de escasez y de falta de conciencia sobre los accidentes mis padres siempre llevaban casco cuando salían de la ciudad. La foto está hecha sin duda un domingo o festivo frente a Correos, en el centro de Ferrol, y la que está delante es mi hermana mayor.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): En brazos de mi madre

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La foto está hecha en los Cantones de Ferrol. Yo nací y viví, hasta mi época adulta, en la carretera de Castilla, número 19-2º, que entonces se llamaba Avenida del Generalísimo. Recuerdo muchas cosas de mis primeros años, Por ejemplo, que teníamos una asistenta llamada Amelia. O que una señora, Esperanza, venía a casa a recoger la lavadura para llevársela a los cerdos. O cuando me quedaba impresionado viendo a los obreros comer en nuestro portal: las mujeres les llevaban allí una fiambrera. O cuando dije en la plaza del Callao “yo también hablo jallejo”, levantando risas en mi madre y otra mujer que le acompañaba. O cuando jugaba con mi gran caballo de cartón, ejemplo de resistencia. O cuando volviendo de clase me modió casi en la rodilla un perro sin que yo le hiciera nada. Pero el recuerdo más agradable fue mi primer día de colegio. Recuerdo perfectamente el trayecto desde casa hasta la Academia Rapariz, en la misma manzana pero en la otra parte, con mi madre sonriente llevándome de la mano y yo feliz.

Recuerdos de A Coruña (1980-2002): Con Os Ancares en el pensamiento

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Hubo una época en la que Os Ancares me fascinaban. Ignoraba -como todo el mundo- que existían más altas montañas en Galicia y, enamorado por el verbo de ese gran profesor que fue Francisco Javier Río Barja, allá me fui en varias ocasiones. No fue fácil conocer a aquella gente ciertamente reservada, excepto en Degrada, la primera de las aldeas tras la larga subida desde Doiras. Ahí estaba Esperanza, viuda, con una larga prole de hijos. Una de ellas, Yolanda, entonces una preciosa niñita rubia, trabaja en A Coruña en una empresa de seguros. al lado de su casa estaba la abandonada escuela en un primer piso, y en el bajo unos establos. Esperanza, ahora en Ponferrada, era un ejemplo de mujer luchadora por sacar a sus hijos adelante, y siempre le agradeceré el que me hubiese abierto la puerta de su casa. Yolanda me dijo que siempre lo hacía, y que por eso mucha gente pasaba por allí. Ella y sus hermanos eran mucho más despiertos que los niños del interior de las montañas, e incluso en una salida a A Coruña que organicé yo dentro del programa de visitas escolares de La Voz de Galicia fueron los únicos que comieron las gambas de la paella, mientras los otros las separaban rápidamente al grito de “¡chicharros!” (saltamontes). La foto es de 1985.

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