Recuerdos de Nicaragua (1983): Una lluvia de morteros en Teotecacinte

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Llegué a Teotecacinte horas después de un ataque de la contra -guerrilla financiada por Estados Unidos con Ronald Reagan en la Casa Blanca- con morteros. No recuerdo si fue en esa acción o en la anterior en la que uno de eso morteros le seccionó a un niño la cara en vertical, y la madre, con la que estuve hablando, la recogió junto con el cuerpo. Visto con la perspectiva de los años, la financiación de la contra debería estar considerada un delito de lesa humanidad. Si todas las guerras son lo que son, esta era más sangrante: la contra llegaba y asesinaba a todo el mundo. Como los nazis en las represalias en Francia cuando había un atentado contra las tropas invasoras. Por eso los nicaragüenses se defendían con uñas y dientes. Fue al lado de Teotecacinte, en Jalapa, cuando me vi en un todo terreno a todo trapo, colgado de la parte de atrás, y entre dos círculos de fuego. Al final nadie había dado la orden de disparar, pero entró el pánico y la balacera fue sensacional. Desde luego, el grupo de periodistas creíamos que ya no saldríamos de allí, porque lo difícil era no pillar una bala mientras el Toyota saltaba por el monte. Pero no, no nos dio ninguna. Milagros de la guerra.

La foto, en fin, está tomada en Teotecacinte. Un soldado que quizás no tuviera ni 20 años, armado con su AK47, señala a petición mía y muy a desgana el lugar donde había caído uno de los morteros horas antes.

Recuerdos de Nicaragua (1983): Conferencia y exposición de fotos en Betanzos

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Cuando llegué de mi estancia en la Nicaragua sandinista entonces en guerra, a finales de junio de 1983, mi compañero en tareas de redacción Diego Martínez Purriños, de Betanzos, quiso organizar en su pueblo una exposición con mis fotografías, que acompañaría de una conferencia mía. En realidad organizó dos charlas, una en el edificio entonces muy abandonado del Archivo del Reino de Galicia -a donde corresponde la foto; el de la izquierda de todo es Diego– y otra en la aldea de Vilamourel, nada menos que en la propia iglesia parroquial. Diego acabó marchando de La Voz de Galicia y perdí el contacto con él. Había cambiado de carácter después de un duro infarto, pero siempre me pareció una buena persona, honrada, defensora de los derechos de los trabajadores, sindicalista activo.

La conferencia de Betanzos salió muy bien y acudió incluso el alcalde de entonces, Antolín Sánchez Presedo, quien continuaría carrera política del PSOE y, además de conselleiro, fue eurodiputado. Al rematar, Diego abrió una puerta que tenía atrás y allí estaban, tirados por el suelo, montones de libros de siglos pasados. Quizás alguien se haya llevado los que quisiera. Yo no lo hice, aunque la tentación no me faltó.

 

Recuerdos de Ferrol (1969-2013): El chalet de Doniños

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Con mucho trabajo mi padre pudo cumplir su ilusión: hacerse una casita (de las pomposamente llamadas por aquellos tiempos chalets). Primero lo había intentado en el Chanteiro de sus amores, e incluso había comprado un terreno. Nunca supe por qué cambió de idea, vendió el terreno y eligió la desangelada ladera que conducía a la playa y laguna de Doniños, gran paisaje, mucha naturaleza, impresionante playa… y durante años sin luz, porque hasta allí no llegaba Fenosa. Ya no digo nada de recogida de basuras, agua, teléfono… Pero él era feliz. Mi madre consideraba que era un “anacoreta”. Yo lo entendía, con el añadido de que él, como jefe de Movimiento (ojo: no confundir con “el Movimiento” franquista) en Bazán estaba diez horas al día rodeado de gente, en tensión, organizando la movida de camiones, grúas, falúas, 350 hombrees a su cargo… A mí me gustó siempre Doniños y la casita, aunque nunca tuve nada que decir sobre ella y mi padre la diseñó y organizó a su gusto, que en absoluto era el mío, y jamás me hizo caso a propuesta de cambio alguna. Y cuando la vendieron, hace unos 16 ó 17 años, yo pasaba por un momento muy malo económicamente, si no la hubiera comprado. En la foto, en la terracita que circundaba el piso, con la laguna al fondo. No recuerdo por qué estábamos allí (de hecho íbamos bien abrigados), ni qué se me ocurriría contar a mí, ni por qué estábamos tan risueños, cosa rara tanto en mi madre -que por algún efecto óptico salió con unas piernas gordísimas- como en mí. Quede para la posteridad.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): Un pirata sólo para la foto

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Cara de tranquilidad tenía yo en esta foto de agosto de 1957. O sea, cuando tenía 5 años. Mi hermana Maca tampoco estaba nerviosa, claro. La embarcación estaba bien atada a tierra firme, así que subimos sólo para la foto. Quizás esté hecha en el puertecito de San Felipe, en la ría de Ferrol. Yo llevo el clásico corte de pelo de aquellos años, y mi hermana, aunque no se note, era rubia-rubia. El bote, por supuesto, no era nuestro.

Desde pequeño tuve relación con el mar: a mis padres les encantaba la playa, y a mí, desde que tengo memoria, nada de nada de nada, hasta el punto de que ahora no piso arena. Tengo un recuerdo grato de mi infancia en general. Humilde infancia en lo que se refiere a aspectos materiales.

Recuerdos de A Coruña (1980-2002): Doble encuentro en el mercado de Santa Lucía

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En octubre y noviembre de 1980 hice un viaje hasta Noruega con dos amigos, en mi R5 azul. A la vuelta a A Coruña en encontré de repente, en el mercado de Santa Lucía (yo tenía la despensa vacía), con dos muy buenos amigos que siguen siéndolo, Rosa y Lalo. Él, claro, es el que hizo la foto. Yo solía ir andando hasta ese mercado porque me gustaba más que el resto. Luego me aficioné al de la plaza de Lugo, y cuando años más tarde un día me dejé caer por el de Santa Lucía me pareció muy cutre. De ahí recuerdo que en una ocasión me encontré con el comandante Santos, a quien había conocido cuando yo pugnaba por no hacer el servicio militar -y lo conseguí; por cierto, debo de seguir a la espera de cumplir el servicio civil-; fue el único militar de aquellos tiempos, de los que traté, del que emanaba humanidad. Allí, en San Agustín, estaba con su mujer y me confundió -y así me presentó- como el hijo de un conocido. Lo saqué del error y fueron unos momentos violentos. Di el paso atrás, saludé cordialmente y me fui para no ponerlo en un brete (eran otros tiempos…), pero siempre tendré un grato recuerdo de aquel militar orondo… y humano. Rara avis entonces.

 

 

 

Un aire anglosajón: historia personal de Cristobal Ramírez Gómez (Ferrol, 1952)