Recuerdos de Chanteiro (1952-1962): Magdaleine Tessier, in memoriam

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Alguna vez he citado a Magdaleine Tessier, Magda, que llegó a Galicia de casualidad y se enamoró de Chanteiro y su playa, en el municipio coruñés de Ares, donde veraneé “a lo pobre” desde al mes siguiente de mi nacimiento hasta que cumplí diez años. Sus visitas fueron varias, y su amabilidad era infinita, siempre agradecida por todo. Mi madre y ella se entendieron muy bien. En la foto, tomada en 1962 en la playa de Chanteiro, Magda, Jean Jacques Betoleaud (uno de sus sobrinos), mi hermana Maca, mi madre y yo.

Vayan estas líneas en memoria de Magda, de cuyo fallecimiento por causas naturales, en una residencia de París donde estaba postrada, me enteré hace poco.

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Recuerdos de Huesca (1968-1969): Excursión dominical hasta un castillo desolado

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En el curso 1968-69 me expulsaron de la Universidad Laboral de Huesca, donde estudiaba con una beca. La razón fue que hicimos una huelga, claramente política contra la dictadura (repito: el 68) y quedemos tan sólo 16 en la avanzadilla. De manera que nos echaron en Navidades y un par de semanas después nos readmitieron: todos éramos hijos de obreros y no estaba el horno para bollos. La foto que adjunta estas líneas es la primera que hice en el segundo trimestre, enero del 69, y yo son el tercero por la derecha. Por supuesto que la foto no es buena, pero lo que me impresionó fue el estado del castillo de Huesca, al que fuimos un grupo caminando desde la ciudad, tres o cuatro kilómetros: totalmente destruido durante la guerra civil del 36. Un paisaje desolador.

Recuerdos del Sahara: Mi guía embarazada

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En mi segundo viaje al Sahara, justo al comenzar la década de los 90 del siglo pasado, el grupo en el que me integré tuvo como guía a una mujer grande y amable (en el centro de la foto), embarazada de su primer hijo. Debía de ser de alguna familia influyente, porque vivía un poco a caballo entre los campamentos de refugiados y Las Palmas. Un encanto. Cuando, al despedirnos, le pregunté dónde viviría su hijo, si en las islas Canarias o en aquel inhóspito trozo del desierto, me contestó sonriente y sin vacilar: “En su país liberado”. Por desgracia no es así: el chico o chica tendrá 32 ó 33 años. A veces me pregunto qué le habrá deparado la vida.

 

Recuerdos de A Coruña (1980-2002): Mi lugar de trabajo en la calle Vista

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El 1 de octubre de 1980 comencé a trabajar en La Voz de Galicia en A Coruña. Yo quería Santiago, sobre todo, y si no, esperar mejores tiempos en Noia, pero no en Ribeira. Esa etapa estaba finiquitada. Pero fue A Coruña. Durante meses estuve viviendo gracias a la bondad de amigos mientras buscaba piso y el 1 de mayo de 1981 entraba en el 4º piso (sin ascensor) de la poco recomendable calle Vista, al lado de un tugurio escasamente recomendable. El apartamento (65 metros cuadrados muy bien repartidos) pertenecía a una persona de Fenosa que resultó ser sincero y tratable, y por el que sentí un cierto aprecio y respeto. Me lo alquiló por tres años, y pasado ese tiempo, le dije que si quería, me iba sin más. Pagó la nobleza con nobleza, y allí seguí. La foto que acompaña estas líneas está hecha en la habitación que tenía llena de libros y en la que trabajaba. Los libros que se ven al fondo, los ladrillos y los estantes, así como la mesa, la máquina de escribir y los cacharros con bolígrafos, también.

Recuerdos del Barbanza (1979-1980): Gran mareo para hacer un reportaje sobre la pesca

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Desde finales de 1979 intenté entrar en la delegación de La Voz de Galicia en Santiago. Yo vivía entonces en Negreira. Mostré buena disposición a colaborar, ayudaba lo que podía y encontré muy buen ambiente. Había una secretaria, Gándara como responsable de administración y tres periodistas, Luis Álvarez Pouca, Tucho Calvo y Xosé M. G. Palmeiro. Fueron siempre muy amables conmigo. A finales de junio el delegado me dijo que, dentro de la idea que tenía de regionalizar lo más posible el periódico, le habían aceptado tan sólo un correponsal en Ribeira, cobrando como colaborador (o sea, sin seguridad social ni contrato) 15.000 pesetas brutas, de las cuales quedaban 14.250 netas. Y a pesar de que la cosa no prometía mucho, acepté y el 20 de julio estaba en Ribeira. Encontré un piso por 12.000, un apartamento de 60 metros cuadrados levantado sobre la playa de Coroso, tanto que durante un temporal las olas daban en el edificio. Especulación pura. Y grandes vistas desde mi octavo piso con balcón.

El 14 de agosto de 1980 embarqué en Aguiño para hacer un reportaje sobre la pesca al pincho. “Sopla un nortiño”, decía el patrón mientras las olas barrían la cubierta tras haber desayunado a las 8 de la mañana café y, entre los ocho tripulantes (mi hermano Xan, que me acompañó como fotógrafo, y yo, nos abstuvimos), una botella de coñac Fundador. Fue una jornada muy dura: primero se mareó mi hermano, y al tener que ayudarlo y ponerme de espaldas a proa, acabé mareándome yo. ¡Y de qué manera! De la gente, muy amable, sólo recuerdo al señor José, que tenía la edad que tengo yo hoy y me parecía un anciano total, y a un chico de 16 años (a la derecha del todo de la foto) cuyo horizonte vital era el mar. ¡Y encantado que estaba!

Soltamos amarras a las cinco de la mañana y volvimos a Aguiño trece horas después con una magra, muy magra, pesca. Y al tocar tierra me regalaron un besugo, con el que, en equilibrio inestable, posé para la foto que hizo mi hermano, ya recuperado. Pasé casi dos días en cama, con el techo dándome vueltas. Pero publiqué una página que incluso hoy me parece que un buen ejemplo del periodismo pegado a la vida real. Con los ojos actuales, un anacronismo.

Recuerdos de Ferrol (1952-1968): Estampa familiar en el muelle de Ferrol

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Desde luego no lo recuerdo, pero sin duda era domingo. No de verano, quizás principios de primavera, vistos los ropajes. El escenario es el muelle de Curuxeiras, de Ferrol, y los personajes somos mi padre, yo y mi hermana Maca. Debería de ser el año 1958.

Recuerdos del Sahara: Entrevistando a un preso marroquí en el hospital, en el 2000

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En el año 2000 hice mi segunda visita al Sahara, a los miserables campamentos de refugiados del Frente Polisario, donde más de cien mil personas (jamás se supo el número ni siquiera aproximado). Fueron unas cuantas, y todas menos una, trabajando, de manera que en ningún momento -ni allí ni en mis escritos, adopté postura alguna fuera de defender con energía el respeto por la legalidad internacional. O sea, por las resoluciones de la ONU que exigían y exigen un referéndum libre para determinar el futuro de la ex colonia española de la cual -la ley tiene esas cosas- España aún es responsable de su administración. Mi posición me valió la purga del Frente Polisario durante varios años y, desde luego, el portazo de Marruecos. Cosas de la profesión.

En el año 2000 no fue posible desplazarse individualmente, como a mí me gusta, sino que éramos un grupo de periodistas y allegados pequeño y entrañable. Acabamos llamándonos “Te lo juro, por mi libertad”, pero no sé por qué. De hecho el nombre quedó, nos vimos en Madrid, luego en Barcelona (yo no pude ir) y el contacto se fue perdiendo. Pero cómo no recordar el trabajo serio y profesional de Javier Saz, de Ángel Araújo, de Josep Morell Feixas, la compañía entrañable de Alicia Ruiz, de José Antonio Martínez Mateos, de Concha, de Charo Gómez (una belleza, por cierto)…

Y visitamos al menos un hospital. Eso siempre lo programaba el Frente Polisario. Allí (yo soy el de la izquierda) entrevisté a un preso marroquí, un hombre muy triste que llevaba un decenio preso, militar de baja graduación. Lo h abían operado de la mano y sólo tenía palabras de agradecimiento para sus enemigos. cierto es que esas manifestaciones siempre había que tomarlas con precaución: no hablaban en un ambiente de libertad, sino que eran presos. Eso sí, tratados como seres humanos, y sin distinciones en muchas cosas. Un ejemplo de los polisarios. El de la derecha era el traductor, saharaui.

Recuerdos de Gran Bretaña (1974-hasta hoy): Mi único viaje a Escocia, en 1986

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En abril de 1986 fui a Escocia por primera y hasta ahora única vez en mi vida, aunque me gustó mucho. Me había invitado Amalia Cuadruppani, una curiosa e irrepetible mujer que se encargaba de las relaciones con la prensa desde la British Tourism Authority. Yo me llevé bien con ella, y de hecho me invitó alguna vez más, pero no todo el mundo podría decir lo mismo.

El caso es que el 14 de abril arrancamos para allá con la destilería Glenfiddich corriendo con todos los gastos y poniendo botellas de whisky a nuestro alcance, lo cual siempre entrañaba un cierto peligro para el balance económico de la destilería. Frío y nieve fueron las características de un viaje muy grato en el que conocí en persona a César Justel, toda una institución en el periodismo de viajes y con el que luego mantuve cercana relación durante muchos años. Cristina de la Iglesia era otra de las componentes, siempre encantadora, entonces directora de una revista femenina. Acacia Domínguez Uceta, ejemplo de amabilidad y muy amplia cultura (de casta le venía al galgo) era otra, así como un caradura redomado que vivió a costa de los demás y no se gastó ni un euro porque había perdido la cartera, truco que empleaba en todos los viajes que podía, según nos enteramos después. En un castillo de lujo de Nairn me dieron a comer una macroalbóndiga riquísima… que dejé en el plato cuando mi vecino de la diestra, el conductor del autobús, tuvo a bien explicarme que estaba hecha con sesos, corazón y pulmón de oveja. En ese mismo castillo se celebraba una convención de la competencia, el whisky JB, y César Justel y yo, realmente no en posesión de todas nuestras mejores facultades, tuvimos la idea de arrancar la bandera que habían izado en lo más alto de la torre. De manera que, en plan fantasma, nos escaqueamos a la torre, subimos sin hacer ruido y nos encontramos con que era imposible salir al exterior porque la escalera estaba cerrada por una puerta. César no tuvo mejor idea que abrir una ventana en una noche gélida, mirar hacia arriba y propuso todo tranquilo: “Vamos, podemos ir por aquí, que está cerca”. Logré convencerle de que el tramo a escalar era cómodo y hasta fácil, entre salientes y enredaderas, pero que el tramo que había en sentido contrario, el que podía llevarnos al suelo, era bastante más, de manera que lo que procedía, en mi humilde opinión, era abandonar tan noble empresa e irse a dormir que iban siendo horas. Así hicimos, y creo que gracias a eso puedo estar hoy escribiendo estas líneas.

En la foto superior, en un museo de Glasglow (ciudad que no me encantó, a diferencia de Edimburgo). En la inferior, en la destilería de Glenfiddich.

Recuerdos de Ferrol (1969-2013): Ascenso al castro de Cabanas

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En 1971 subí al castro de Cabanas (que llamamos entre nosotros “del aljibe”, puesto que había una mina de agua) acompañado de Arturo Martínez González, una persona que siempre aprecié y sigo apreciando a pesar de que no tenemos contacto últimamente. Sabíamos por tradición oral que allí había un yacimiento castreño y yo lo había comprobado en las fotos aéreas del Instituto del Padre Sarmiento. Llegar hasta arriba nos costó lo nuestro, metidos entre tojos. Plantamos la tienda de campaña donde pudimos y pasamos una noche. Medimos el castro con gran esfuerzo, nos llenamos de arañazos y volvimos felices.

En la foto superior, yo ante las murallas del castro. El monte del fondo es el de Breamo. En la inferior, de mala calidad, yo también sobre las murallas.

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Recuerdos del Sahara: 2000, segunda visita y con buenos profesionales

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Mi segunda visita al Sahara español fue algo accidentada. Bajamos en la I Caravana de la Paz 21 vehículos con casi 100 personas. Nos llevó tres días desde Madrid, carentes de incidentes excepto que los vascos, muy bien organizados, se empeñaron en dar la nota, con excepciones, porque “éramos españoles”, e incluso convocaron una asamblea el día anterior a la llegada a los campamentos de refugiados en Tinduf porque no querían -y así lo hicieron- entrar con nosotros por lo mismo, de manera que llegaron con su ikurriña al viento. Maravilloso.  Yo iba trabajando, desde luego, y coincidí allí con buena gente y buenos profesionales, entre ellos el crack de Javier Saz (a la derecha), entonces en Antena 3 y hoy no sé dónde. No recuerdo el nombre del que está en el medio, creo que un cámara de televisión.

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